Esta es mi participación. Podéis leer más relatos con Rostros de la Polio entrando aquí.
Sonrisas robadas
Contaba
su madre que Rocío nació vivaracha y chiquitilla, con la vida entera cargada en
los pulmones, hasta que trece meses después, unas fiebres de otoño, agotaron su
salud y achicaron sus piernas para convertirlas en delicadas ramitas de sarmiento.
Decía que la niña jamás lloró su infancia quebrada, ya vertía ella suficientes
lágrimas en interminables noches de rezo y blasfemias. De día solamente cabían
las sonrisas robadas entre batas blancas y tocas aladas que parecían listas
para flamear al cielo. Ambas aprendieron a intercambiar dolor por cariños
entregados.
Rocío, acostumbró a dormir sus
noches envuelta en hierros; aun hoy duerme con las piernas separadas, aterrada
por la sensación de tenerlas sujetas por los pesados grilletes que le
pellizcaban la carne.
El
paso del tiempo le mostró dos cosas: que ya siempre andaría por la vida ceñida
en toscos esqueletos de metal y que su madre la seguiría sonriendo desde el
cielo.
Como en un suspiro pasó la adolescencia sentada en el escalón del portal de su casa, soñando con una comba en la que jamás brincó y abrazando una calle que nunca correteó. La polio le fue marcando el carácter. Con diecisiete años encontró a su primer novio que nunca la invitó a pasear. Con diecinueve salió con otro chico que se aburrió de no poder sacarla a bailar y con veinte conoció a un tercer hombre que desapareció justo al día siguiente de comunicarle que esperaba una hija.
Y Sara nació, y durante mucho
tiempo la hizo feliz:
—Vamos Sarita, corre
mucho, corre rápido y cuéntale a tu madre lo que sientes.
Ahora, ya han pasado los años.
La cocina, lugar de tantas confidencias, observa un presente que habla de
despedidas. Sara se marcha a vivir la vida que desea. A Rocío hace meses que la
retiraron de su puesto de vendedora de la ONCE. ¡Que iba a hacer! Se siente
cansada, con los huesos deshechos de artrosis, de años de hierros y caminar cimbreante
y de una polio que un día regresó sin ser invitada.
—Dicen que tengo mal genio, —grita Roció, haciendo malabarismos con la
muleta y la sartén — ¿Quién no lo tendría si no hubiera manera de freír un
huevo sin que se pegue a la sartén?
Sara ríe con
escándalo mientras Rocío la mira y percibe una soledad que ya anda mezclada en añoranzas,
y piensa que la vida no es más que un carrusel en el que no siempre eliges el
caballito al que has de subir. Es entonces, vacilando como una marioneta,
cuando se acerca y besa a su niña, y durante apenas un segundo siente llorar al
silencio, al tiempo que unas sonrisas robadas comienzan a brotar desde el recuerdo.
Foto de la colección Rostros de la Polio, autor Alfonso Díaz-Huertas. Asociación AMAPyP


























