Os invito a ver y sobre todo a escuchar este montaje en video del relato "Aroma de castañas", que escribí hace algunas semanas, narrado con mucha ternura por Laura, mi hija pequeña. Espero que os guste.
Aroma de castañas
La recuerdo vieja y lánguida, con las huellas de la vida marcadas en su
rostro por sinuosos recovecos de piel arrugada y seca. Tenía un aspecto
quebradizo y pequeño como un suspiro de Viernes Santo, siempre vestida de
negro, con su pañuelo en la cabeza, su toquilla pendiendo de los hombros, su
faltriquera para los dineros y su mantita en los pies. Pasaba horas sentada
sobre una silla de enea, a la intemperie del invierno y con un paraguas abierto
como único techo por si llovía; a su lado, en el suelo, un saco de arpillera
colmado de castañas crudas y una espuerta con carbón, un pequeño estante de
metal lleno de utensilios y hojas de periódico, un anafre de hierro con una
puertecita y un cañón de hojalata del que constantemente salía el humo de las
brasas, y sobre esta una especie de sartén llena de agujeros donde las castañas
se tostaban con la cadencia que marcaban las endurecidas manos de la anciana.
Toda la plaza permanecía embriagaba del aroma dulzón a castañas asadas que
abrían sensaciones, dejándome fragancias nítidas de una infancia mezclada de
escarcha y cascaras de castaña.
Yo todavía era un niño en aquellas tardes de invierno al salir del colegio,
ya anochecido y con un frio que empapaba el alma. Vivía un poco lejos y era mi
padre quien me recogía al salir del trabajo. Casi siempre tenía que esperarle
sentado sobre los gastados escalones, encogido, con la espalda apoyada sobre el
enorme portón que abría la escuela y notando como mis rodillas se iban tornando
moradas sin que el abrigo alcanzara a calentar lo que tampoco hacían los
pantaloncillos cortos. En la distancia, miraba a los chavales del barrio
intercambiando cromos de futbolistas o jugando a las canicas en un agujero
excavado en la tierra helada; yo, fumaba
la espera con cigarrillos invisibles, lanzando finos círculos de vaho que se
evaporaban con rapidez en el aire. El mismo aire que se empapaba gustoso con
los olores de las castañas asadas.
A veces, la castañera me llamaba y yo colocaba mis manos con timidez junto
al caldero de humo; el calorcillo me estremecía. Era entonces cuando la anciana
me mostraba sus dos únicos dientes en una abierta sonrisa al regalarme dos
castañas calientes. —Toma, métetelas en
los bolsillos y caliéntate las manos —decía con ronca amabilidad.
Al poco solía llegar mi padre, cansado, con su mono marrón gastado y sucio,
y colocaba sus manos junto a las mías para entrar en calor. En ocasiones sacaba
una peseta y la vendedora volteaba con habilidad un cucurucho llenándolo de
castañas calientes y sabrosas; otras, su
gesto tristón revelaba que no había dinero, pero siempre, de una u otra manera,
yo me iba a casa con las manos calientes y las rodillas frías.
Al marcharnos, la castañera seguía cantando su pregón, atusando las brasas
y removiendo castañas, mientras la calle le devolvía el eco y la tarde moría
sobrecogida de frío.