Todo parecía indicar que Giselia no iba a conseguir su propósito. Le
habían encargado escribir acerca de “Un segundo de eternidad” pero, tras
diversos intentos, no había sido capaz de articular una sola frase…
Seguía siendo inútil, jamás lograría expresarlo. Le dolía sentir que esa
frase quedaba bien para las poesías y para los cantos de amor, incluso para las
pequeñas historias que habían llenado de vida a generaciones de seres humanos como
promesa de una convencida inmortalidad que en realidad apenas duraba un instante, pero bien sabía
ella que la eternidad no podía estar encapsulada en el escaso tiempo que duraba
un segundo. Sencillamente porque ella misma era
la propia eternidad.
El cesto estaba
lleno de ovillos de papel y en cada uno de ellos dormitaba una lágrima. ̶ La eternidad jamás duró un segundo̶ pensó encogiendo los dedos a la vez que su
mente giraba por el bucle del tiempo.
Cientos de niños y miles de hombres, millones de vidas sobre nombres y
vivencias, todo se mezclaba en la maldición de una perpetuidad tan obscena como
fatigosa y lejana.
Su memoria eterna volvió a evocar aquel momento intangible en que por
primera vez abrió los ojos, el mundo era todavía virginal, un exuberante éxtasis
de vigor y belleza donde nada estaba descubierto y donde nada era importante
porque todo carecía de valor, excepto la existencia misma. Todo era tan
nuevo que no había nombres. Los recuerdos, infinitos
y casi siempre dolorosos, la llevaron de nuevo a paladear el inconfundible sabor
de la felicidad. Se vio a sí misma rebosante de juventud, su auténtica juventud,
cuando amó por primera vez en la más bella y pura sinfonía de inocencia y candor,
mezclado con el placer más delirante y el arrebato más supremo.
Y de nuevo revivió aquel instante, cuando un trueno retumbó tan fuerte
que hasta el mismo sol salió despavorido. Ira y temor se fundieron en un abrazo en el que la ingenuidad se rompió en mil pedazos, y entonces tuvo
que elegir… entre el paraíso y la eternidad.
Sani, amigo, descansa en paz abrazado a la eternidad de la memoria, en el paraiso seguro que ya estás.
Por poner un poco de orden dentro del caos, he decidido colocar esta entrada a modo de recopilación. Para ello están estos enlaces en los que, por orden inverso al que están escritos, se puede acceder a todos los relatos y microrelatos, cada uno en su apartado. En el punto final, están los relatos con los que contribuí a las Crónicas de la Muerte Dulce.
Vuelvo esta semana a los jueves, que ya echaba de menos, y aunque sea de manera aislada. Vuelvo porque quiero dedicaros a todos, especialmente a los jueveros, este microrrelato fallero que he tenido la fortuna de ver publicado en un libro recopilatorio, del periódico Levante-EMV y la editorial Obra Propia, sobre el mundo de las Fallas.
De alguna manera, gracias a los jueves, he podido aprender a concretar los relatos, a contar una historia con apenas un puñado de palabras, algo que me sigue pareciendo dificilísimo, pero que gracias a este encuentro semanal he intentado ir puliendo.De ahí mi agradecimiento y la dedicatoria que comparto con mi humilde homenaje a los pequeños monumentos falleros de barrio, a veces tan maltratados.
Las buenas noticias me gusta compartirlas con los amigos.
El micro se llama Dignidad:
Dignidad
La luna señorea el cielo y saluda a las estrellas. Las
calles, resacosamente silenciosas, resplandecen de luz y la falla de mi barrio,
solitaria y turbada, parece reclamar mi presencia.
A la señora gorda y gritona le falta uno de los cinco niños
que la rodeaban, el viejo continúa mirando goloso a la atractiva rubia cuya minifalda
se tornó negra, y al perrito le han quebrado el ovillo de lana con el que
jugaba.
Me digo que hay dignidad en su quietud silenciosa. Hay
ternura en su indefensa intimidad.
Un petardo resuena sordo y lejano. Hoy es San José.
Hace ya algún tiempo, desde que tengo
la decisión tomada, que vengo dándole vueltas a como debería de realizar
esta entrada que, irónicamente y echándole humor, más que una entrada
es una salida, pero la verdad es que no doy con la fórmula exacta para
decir, sin caer en sentimentalismos o emotividades excesivas, que me
despido de los blogs durante un tiempo largo. Así es que lo mejor será que lo haga sencillamente
y sin remilgos.
No
me encuentro enfermo y tampoco he encontrado trabajo, ¡que más
quisiéramos yo y tantos españoles! Incluso los
blogs me siguen llenando y dando muchas satisfacciones, más de las que
nunca hubiera soñado. (Ayer mismo recogí los libros de las crónicas y no
veáis el subidón que tengo) Los jueves, subido en lo alto de mi
colina, los
disfruto enormemente, porque sigo gozando, y mucho, escribiendo y
mostrando mis historias, esas que están extraidas directamente desde el
corazón y sin más aditivos, quizásporque no los hay. También con mi viejo y fraternal ya que digo,
que en apenas tres meses cumplirá cuatro años de vida, y que ahora, con
sus lunes luneros, ya anda casi sólo y desplegando sus propias
vivencias.
La
razón es que hace algún tiempo que me he propuesto iniciar un proyecto
que para mi es muy importante, casi diría que fundamental, y que creo
que puede llegar a ser incompatible con la labor continuada que lleva un
blog. Supongo que todos sabéis de que hablo. Elaboración de entradas,
relatos, visitas a los blogs amigos, lecturas, comentarios, etc. etc.
todo esto requiere de un tiempo que yo ahora quiero dedicarlo en exclusiva a
éste propósito.
Esta
despedida, aunque es temporal, tampoco tiene fecha de retorno, puede
durar varios meses o incluso un año. Es decir, no me pongo tope ni
barrera. Tampoco quiero explayarme demasiado en explicar
de que se trata este proyecto, creo que de momento es lo mejor, ya habrá tiempo si todo va como espero. Si que lo saben un
puñado de amigos, entre ellos algunos blogueros que me han animado y
coinciden en apoyar mi decisión.
Eso
no significa que en alguna ocasión no pase a visitaros, tampoco que
aisladamente haga alguna entrada porque me vea en la necesidad de decir
algo, o incluso participando en algún jueves. Sobre todo si, andando el
tiempo, el mono se hace dificil de llevar. Pero la decisión es firme.
Hoy, esta es la última entrada, cierro temporalmente y sine díe mis blogs.
Soy
consciente de que os voy a echar mucho de menos. A algunos de vosotros
os conozco hace ya tanto, nos hemos cruzado tantos comentarios, que casi
siento que me alejo de amigos de toda la vida, esos de la infancia que
nunca se olvidan.
Afortunadamente este año he tenido
la oportunidad de viajar y conoceros a muchos de vosotros. Primero fue
aquella reunión de Barcelona. ¡¡¡Juro que inolvidable!!!. En
ese encuentro me di cuenta más que nunca que detrás de las letras, detrás de
los típicos y en ocasiones tópicos comentarios, se encuentran personas
con una gran y verdadera alma detras.
Luego fue
en Córdoba, donde conocí a un buen puñado de, para mi y ya para siempre
entrañables jueveros, que tanto me han aportado y con quienes tanto he
disfrutado. Maravillosa Córdoba y maravilloso el espíritu juevero, que
todo lo que toca lo hace cálido.
Y
por último, y sin olvidar mi cita con Tyrma, otra juevera y amiga
encantadora, llegó el encuentro güevero en Navalcarnero. Divertidísimo y casi familiar fin de semana que incluso nos diplomó como jueveros de
corazón y donde creo que tuve la suerte de hacer una amiga de las de paratoda la vida.
No voy a citar nombres, se haría largo y creo que no es necesario, pero
sabed que os nombraría a todos sin dudar porque todos tenéis un
rinconcito en mi corazón.
Compañeros, aquí acaban temporalmente mis andaduras blogueras. Me voy
con mis crónicas de un despertar, soñando desde lo alto de mi colina y
diciendo satisfecho que si, que ha valido la pena y que en este ya largo
camino he encontrado a muchos y buenos amigos. Os echaré de menos.
"Las huellas de las personas que caminaron juntas nunca se borran".
Vayan mis últimas palabras para Dilaida, del blog Groucho,
la conozco virtualmente casi desde el principio, y ella ahora está
pasando por un mal momento de salud. Sólo quiero mandarle todos los
ánimos del mundo y decirle que no me cabe duda de que lo superará.
Sara entró en
el salón y comprobó que, gallardamente plantado en un lateral de la habitación,
estaba el árbol de Navidad, esplendoroso con sus luces parpadeantes, sus espumillones,
y las guirnaldas y bolas de colores colgando graciosamente de sus ramas. Pero
también observó que a sus pies se encontraba una llamativa caja roja con vistosos
círculos blancos, envuelta por un enorme y precioso lazo color verde esmeralda.Sara sonrió sorprendida ante el
desconcertante regalo de Navidad. Sara vivía sola.
Con moderada
curiosidad pero feliz como no recordaba haberlo sido hacía mucho, Sara fue
hacia el regalo sin hacerse más preguntas. Cogió la caja y levantándola a la
altura de su cabeza sopesó durante unos segundos lo que podría albergar su
interior. Luego, con evidente agitación, deshizo el lazo y la abrió.
En su interior,
delicadamente rodeado de papeles de seda, únicamente había un sobre de color
azul cielo que contenía una carta del mismo color escrita a mano. La extrajo. Empezó
a sentirse emocionada y sus ojos, convertidos en dos puntitos de luciérnaga,
brillaron en el momento en que comenzó a leer:
Sara,
yo quiero atrapar un sueño. Es una de esas cosas que parecen imposibles, Pero
ocurre. Supongo que te imaginas a alguien que va detrás de un sueño para que no
se escape, pero los sueños son despiadadamente rápidos como para ir detrás
de ellos. No, no es así como se hace, pero es fácil atraparlos Sara. Sólo tienes
que cerrar los ojos, y desearlo, esperar el sueño y cogerlo. Te digo que es
fácil.
Sara, me despierto soñando, me despierto en medio del sueño.
En él voy recorriendo la vida, y te busco Sara, en el interior de mis sueños y
fuera de ellos. Y te encuentro Sara. Y entonces me doy cuenta de que lo que
vivo en mi sueño es verdad. Porque sueño que eres mía Sara, y te deseo. Porque sé
que nunca he conocido una mujer como tú, tan hermosa, tan radiante, tan apasionada.
Es entonces cuando me lleno de promesas Sara. Y me digo que
te querré siempre. Y que subiré montañas y cruzaré bosques, y nadaré mares y
volaré vientos. Porque nunca, nada, me podrá separar de ti.
Es por eso que guardo todos los sueños Sara, para luego
volverlos a soñar.
Sara terminó de leer. Una pequeña y furtiva lágrima cayó
encima de la carta, expandiendo la humedad rápidamente por el papel. Trató de
secarla pasando el dorso de la mano por encima, dejando al descubierto la
firma:
Te quiero Sara,
mi esposa, mi sueño, mi amor.
Feliz Navidad.
Sara abrió un cajón de la cómoda
y sacó una pequeña caja de madera finamente tallada. En su interior se
encontraban varias cartas del mismo color que la que Sara acababa de leer. La colocó
encima del resto y cerró el cofre con suavidad.Luego cogió el retrato de un hombre joven que se encontraba justo al
lado, se acurrucó enroscándose como un gatito en su sillón y abrazándolo volvió
a recibirle con un beso.
El nombre de mi blog nació de este relato. Los sueños siempre hay que perseguirlos. A veces incluso se alcanzan.
El sueño de la colina
Yo siempre tuve un sueño, subir aquella colina y conquistar el castillo.
Empiezo a subir. Enseguida siento como el temor me atenaza y
me reseca la garganta. Apenas he comenzado y ya hago la primera parada. Me
siento en una roca, de la mochila saco una de las tres botellas de agua que he
preparado y bebo un largo sorbo, hace calor, pero no es la sed el verdadero
motivo que me seca la boca, tampoco es el miedo a caerme, a eso estoy
acostumbrado. Es el miedo a no lograrlo, el miedo a un nuevo y definitivo
fracaso.
Recuerdo la primera vez que lo intenté, tenía ocho años. Eran las
vacaciones de verano y toda la pandilla de amigos subía la colina con
desmesurada agilidad hasta llegar a lo alto, a las ruinas del viejo castillo.
Yo miraba desde abajo incrédulo y acobardado, fue entonces cuando todos se
decidieron a animarme con un interés y un entusiasmo como sólo los niños y los
amigos son capaces de dar. Resuelto a intentarlo, rechiné los dientes y me
lancé a la conquista de la colina.
Los dos primeros metros de subida fueron los más complicados, también los
únicos. Con las manos y los brazos apoyados en las muletas hacía toda la fuerza
sobrehumana que me era posible para arrastrar la funda de hierro que mantenía
firme mi pierna derecha. Fue inútil, entre los gritos desencantados del grupo
que me miraba desde arriba, una de mis muletas resbaló entre una gravilla de
piedras y caí pesadamente hacia abajo. La extensa muestra de rasguños por todo
el cuerpo y las mordeduras de los hierros en la pierna fue el resultado de la
hiriente derrota.
Al año siguiente, ya olvidado el episodio y con fuerzas renovadas, volví
a intentarlo. El resultado fue el mismo. Lo habitual tras el doloroso
escarmiento era esperar abajo, a los pies de la colina, lanzando piedras a los
guijarros y a los pájaros hasta que ellos, mis amigos, se cansaban de jugar al
escondite entre aquellos muros descascarillados y bajaban la ladera incansables
y a toda prisa. En los dos años posteriores insistí, con más tesón que
sensatez, en realizar nuevos intentos, todos ellos acabaron en los
acostumbrados descalabros. Durante muchos años cedí a la lógica absurda de que
nunca alcanzaría la colina y dejé de intentarlo. Pero el sueño de romper esa
lógica y conseguir algún día alcanzar la cima, siempre se mantuvo vivo.