miércoles, 7 de noviembre de 2012

Los jueves relato - 6 minutos y volvemos




La abuela Águeda


La abuela Águeda se dirigió al cuarto de baño. De allí, atropellando y como alma que lleva el diablo, salía Manolín, con la cara escocida y colorada como un pimiento morrón.

   - Diablo de crío, no tiene idea buena - pensó irritada mientras recogía de la pila el frasco de color ámbar del genuino masaje Floïd, su aroma inconfundible inundaba ahora completamente el cuarto.

Sin cerrar la puerta del estrecho baño, la abuela trató de lavarse la cara, pero apenas pudo mojar un poco sus pequeños y acuosos ojillos, las manos temblorosas apenas podían retener el agua que caía en la pila sin siquiera rozarla. Luego, de modo concienzudo y coqueto, se recompuso el largo y plateado cabello siempre bien recogido en un perfecto y redondo moño. Sus arrugadas manos movían los ganchos e imperdibles con sorprendente agilidad, tras tantos años el propio pelo estaba bien adiestrado. Cuando hubo acabado de arreglarse, se miró discretamente y con recato en el espejo, comprobó que ya se encontraba lista para ver, como cada tarde, a aquellos señores repeinados y tan bien vestidos que daban el parte en el aparato nuevo donde también echaban películas.

Arrastraba la abuela Águeda los pies al caminar y tenía la espalda ligeramente encorvada por el peso de sus muchos años y de tanta vida acumulada. Viuda al terminar la guerra, se las ingenió para sacar adelante a cuatro hijos en una posguerra donde el hambre y el miedo iban de la mano en días fríos e interminables. Con paso lento fue hacia la cocina y comprobó que el hervido de la cena seguía bullendo alegremente, luego se dirigió al comedor. Allí, Marisa, su hija menor, hacía un remiendo en los pantalones cortos del niño que aun corría por el pasillo con la cara echando fuego. Luis, su marido, fumaba un Celtas corto sentado en el sofá de skay verde, mientras contemplaba la enorme bola del mundo que, girando sin cesar y con soniquete espacial, anunciaba el inicio del telediario desde la mágica pantalla en blanco y negro del  televisor Philips que tanta ilusión había traído a la casa.

La abuela Águeda se sentó en su silla junto a la mesa, odiaba el sofá tan moderno que le parecía blando e incómodo, estiró todo cuanto pudo su eterna bata gris con lunares blancos hasta ocultar sus rodillas y juntó férreamente las piernas enfundadas en medias negras de grosor centimétrico. Ya se encontraba lista para ver las noticias, cuando observó que Lucía, su nieta, jugaba revolcándose por la alfombra de lana. Con apergaminado gesto y algo enojada, la Abuela Águeda reprendió a la niña:

  - Nena – dijo - siéntate bien y cierra las piernas, ¿no ves que el señor de la televisión te está mirando?

 “Sin duda la abuela Águeda era una mujer de otro tiempo, pero de un tiempo que, desde la perspectiva que dan los años, fue vital y donde ellas fueron y son protagonistas imprescindibles”.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Los jueves relato - ¡Halloblogween 2012!




 Una oración para su alma

El Sr. Servais empujaba, no sin dificultad, la pesada silla de ruedas de su mujer, entre el mar de coches y trastos viejos y abandonados en que se habían convertido las calles desde hacía ya varias semanas. No había nadie por ningún lado, ellos dos eran los únicos que quedaban allí. La muerte dulce se había ido apoderando poco a poco de todos. Miró el barrio, su barrio desde hacía setenta y ocho años, antes tan rebosante de vida, lleno de bulliciosos comercios y ruidosos coches, con el continuo trajinar de personas trabajando o paseando y de la jubilosa algarabía de los niños corriendo y jugando. Ahora ese barrio estaba vacío y hasta los pájaros, más silenciosos que nunca,  parecían haberse unido al duelo. Sólo algún ladrido lastimero y lejano de un perro buscando al amo que nunca encontraría lograba escucharse. Nada más. El resto era el silencio más absoluto.

Había amanecido un espléndido día con una agradable temperatura que le hacía más llevadera la pesada carga de empujar la silla. Hacía ya casi un día que sentía el desagradable cosquilleo en las manos, pero sus fuerzas ya no eran las mismas. Le había costado mucho sacar a su mujer, la Sra. Servais, de la cama de la que no se había movido en los últimos dos años. Su cabeza ya no daba y sus piernas no obedecían, pero mientras estuvo lúcida y, fiel a su formación religiosa, le hizo jurar que un sacerdote le daría la extremaunción antes de morir. Ahora ya no existían curas, por eso había pensado que llevarla a morir a la iglesia tendría el mismo valor.

Cuando llegó, el templo era en sí mismo un espectáculo dantesco. Había cadáveres por doquier, todos habían querido acudir allí a pedir perdón en sus últimos momentos o acaso a solicitar un milagro que nunca llegaría. Empujando su silla, pisando y apartando cuanto había en su camino fue, lentamente pero con firmeza, abriéndose paso entre el impresionante gentío inerte hasta que se colocó en medio del pasillo. El Sr. Servais se sentó en un banco a descansar y al poco empezó a notar molestias en el brazo izquierdo, sintió una punzada en el corazón, como un pequeño infarto. Unos segundos después moría acurrucado en el banco de la iglesia, satisfecho por haber conseguido su objetivo. Su mujer, la Sra. Servais, continuó sentada en su silla de ruedas ausente de cuanto sucedía. Miraba inocentemente hacia el altar y en ocasiones hacia su marido. Durante todo el tiempo mantuvo una ligera sonrisa humedecida por las gotas de saliva que le resbalaban constantemente por entre la comisura de los labios.
Cinco días más tarde fue a encontrarse con el Sr. Servais, su marido. Ella nunca supo que era la muerte dulce. 


Más Halloblogween en casa de Teresa Cameselle

Nota: Había escrito otro relato para este jueves de celebración del Halloblogween, pero como me ha quedado algo extenso y era de la serie de las Crónicas de la Muerte Dulce, lo he sustituido por éste que es del mismo proyecto, de sus inicios, y que creo que se adecua más al formato de microrelato. El que lo desee puede leer "La maldición", en las crónicas. Allí tambien sereis bienvenidos al fin del mundo

miércoles, 24 de octubre de 2012

Los jueves relato - Colores




Mirarte


No echo de menos ver los dorados campos de trigo ni el verdor de los bosques ni las nubes blancas o la cobriza tierra que piso, ni siquiera envidio mirar ese cielo azul coronado por el amarillo y cálido sol. Tampoco necesito saber que una fresa es roja para degustar su sabor o que el café es negro para deleitarme en su aroma.
No, nunca he necesitado admirar la paleta de colores con la que está decorado el mundo para sentir el frescor de la mañana en mí rostro, el viento cuando empuja, la luna que inspira o la lluvia cuando moja. Jamás he precisado ver los rostros de las personas para percibirlas, para entender sus preocupaciones, escuchar sus problemas e incluso contagiarme en su felicidad.

Por eso no necesito ver para encontrarte siempre a mi lado, para saber que me quieres y que te quiero, para abrazarte, y besarte, y sentirte y poseerte…

Pero hay una cosa que si anhelo, mi amor.

Desearía con toda mi alma y por una sola vez, que en el segundo en que mi cuerpo enamorado se libera en tu interior adorado, mis ojos tuvieran un instante de luz para, en ese momento prodigioso, poder abrirlos y… mirarte.

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Mas colores en donde los reporteros dicharacheros del Daily

miércoles, 17 de octubre de 2012

Los jueves relato - De libros



Se que el relato que presento esta semana ha quedado excesivamente largo, somos muchos para leer en los jueves y textos como este mío, tan extensos, espantan sólo de verlo. Pero no puedo, en esta ocasión tampoco deseo recortarlo más de lo que ya he hecho. Por lo que pido comprensión a todos, jueveros o no, que deseen leerlo. 
La historia forma parte de la que inicié en "Recuerdos de color sepia"  en el jueves de la Mirada al pasado.



El tiempo de los libros




Era sor Angustias una monja bonachona y bastante entrada en carnes, de sonrisa fácil y con una curiosa voz aguda que cuando gritaba hería nuestros oídos como el chirriar de la tiza en la  pizarra. Sor Angustias era nuestra maestra en el sanatorio de la Malvarrosa. La pobre monja ponía todo el empeño por inculcarnos algo de cultura y conocimiento, labor harto compleja dada la escasa hora diaria que le dedicábamos a la geografía, a la historia y a las matemáticas, y al poco empeño y colaboración que nosotros le poníamos. Constantemente nos recordaba aquello de : “las enfermeras se ocupan de sanar vuestro cuerpo pero yo me encargo de fortalecer  vuestra mente y sobre todo vuestra alma”. Sor Angustias también era quien se ocupaba de hacernos entender los misterios de la religión y el catecismo todas las tardes antes de la cena.

La hermana cuidaba con exquisito esmero de la biblioteca que se encontraba en un rincón de la pequeña habitación con tres mesas cuadradas y dieciocho sillas, perfectamente ordenadas, donde dábamos clase. Allí, junto a las enciclopedias Álvarez y los catecismos, se encontraban unos cincuenta libros, perfectamente alineados, en los que ni yo ni mi inseparable amigo Javi, habíamos tenido nunca la menor curiosidad por leer. Nuestros héroes estaban en los tebeos que era donde de verdad se vivían las aventuras y con los que disfrutábamos. Emulábamos con pasión  infantil a El Jabato o a Roberto Alcázar y Pedrín, con los que tratábamos de llenar aquellas tardes en las que el frío, a veces convertido en escarcha, y el viento, cuyo rumor se mezclaba en ocasiones con el ruido de las olas al depositarse agotadas en la arena de la playa, golpeaba violentamente en los cristales de las ventanas e impedía que pudiéramos salir a la terraza; aun así, y a sabiendas de que estaba prohibido, nos las ingeniábamos para corretear por los pasillos dando inestables saltos y enzarzándonos en peleas con las que, invariablemente, tratábamos de echar a los romanos de España.

Fue una tarde cuando la propia sor Angustias, cansada de ver como nos revolcábamos por los suelos, en lo que ella denominaba “licenciosas tardes de bárbaros asilvestrados”, nos entregó a cada uno un libro que sacó de la estantería. – Así podréis disfrutar con el placer de la lectura y calmar un poco esa sangre salvaje – nos dijo.
A nosotros aquella inesperada tarea nos hizo tanta gracia como cuando nos obligaba a aprendernos de memoria y a recitar en perfecta entonación el Credo, los Siete Pecados Capitales o los Reyes Godos, ninguna. Pero negarse no era posible, sor Angustias podía ser muy intransigente y desde luego muy persuasiva cuando ordenaba algo.

A Javi le entregó un libro titulado“Un viaje a la Luna” de Julio Verne; a mi “Aventuras de Huck Finn” de cuyo autor, Mark Twain, a mis cumplidos diez años, jamás había oído nada. Las portadas eran preciosas, llamativas y llenas de color. Incluso en el interior de ambos libros, cada pocas páginas, había multitud de viñetas como las de los tebeos. ¡Anda que no era lista sor Angustias ni nada!
Así es que desde ese día casi todas las tardes, Javi y yo nos pasábamos un buen rato sentados en el suelo leyendo. Aprovechábamos los lánguidos rayos del sol de invierno que se filtraba a través de los enormes ventanales, para tal menester;  cada día intentábamos buscar un lugar distinto para leer, tras la pertinente siesta, algo que a sor Mercedes, la madre superiora, no parecía hacerle demasiada gracia a tenor de los gritos que nos lanzaba cada vez que nos veía desparramados en mitad de algún pasillo.
No puedo evitar ahora, tantos años después, recordar aquellos tranquilos momentos de sosegada lectura y como en ocasiones me fijaba en lo gracioso que resultaba la especial y curiosa manera que tenía Javi de coger el libro, con sus bracitos tan cortos, y la habilidad que demostraba para pasar las páginas con sus manos pequeñas y agarrotadas pero con unos dedos largos y delgados. Siempre me pareció asombrosa esa destreza, supongo que la misma extrañeza que le produciría a él que yo, de vez en cuando, saliera corriendo como alma que lleva el diablo dando cojetadas cada vez que alguna monja pretendía darme un pescozón.

Aquel primer día de lectura obligada creo que sufrí un shock que aun hoy me dura. Me enfrasqué en las aventuras de Huckleberry Finn y el esclavo negro Jim y rápidamente me entusiasmé como hacía mucho tiempo no me ocurría. No puedo saber muy bien porqué, pero aquellos dos personajes perseguidos con saña y que simplemente deseaban  una libertad que otros les negaban porque si, me emocionaron al instante. Huckleberry era un pilluelo cabezota y mal encarado que trataba de escapar de su padre, un truhán borracho que le daba continuas palizas, y Jim, el esclavo negro, que me rompía el corazón con su inocencia y sus miedos ante unos ciudadanos supuestamente honrados pero desalmados que pretendían quitarle una  libertad que el tanto ansiaba. En aquellos años yo era incapaz de entender la palabra esclavo, no podía comprender como unas personas podían comprar a otras personas y quitarles por ello la libertad de ser y actuar por ellas mismas. Hoy sigo sin entenderlo.

Durante varias noches, las que duraron la lectura del libro y muchas otras, soñaba con ellos dos y sus aventuras. En ocasiones me veía a mi mismo acompañándolos y surcando con mi sombrero de paja y mis pantalones roídos el Misisipi en nuestra barca, construida a base de troncos atados con fuertes sogas. Esos sueños tan vividos se parecían mucho a los que tenía cada vez que llegaba a mis manos un nuevo tebeo de alguno de nuestros héroes, pero esto era diferente, Huck y el esclavo Jim no eran personajes estáticos en los que tenía que imaginarme las cosas que sucedían. Ahora, leyendo, lo podía ver y sentir con una claridad y una nitidez absolutas. Ningún tebeo explicaba las aventuras como lo hacía aquel libro. Las descripciones tan fascinantes de los paisajes, los personajes y sus historias, conseguían  que yo me sintiera parte de las aventuras que leía, parecían tan reales que invitaba a vivirlas. Aquella experiencia fue un auténtico terremoto en el interior de mi cabeza que ya nunca me abandonó.

Desde aquel día, nosotros seguimos leyendo y disfrutando con nuestro Jabato, entregados a nuestras peleas por los pasillos del sanatorio, tratando de conseguir el amor de Claudia y de echar a los puñeteros romanos de la patria hispana, pero es verdad que ya nada fue igual. Aquellas primeras aventuras de Huck Finn y del negro Jim, se quedaron conmigo para siempre. 

Cuando el invierno llegó a su fin, el gusanillo de la lectura ya había entrado en mi; al llegar la primavera pudimos, por fin, pasar las tardes cada vez más largas y soleadas en la terraza, entonces la diversión y la alegría de corretear al aire libre con la brisa del mar acariciándonos la cara se convertía en una verdadera sensación de estar vivo y de sentirnos en plena libertad, a pesar de los muros de piedra que rodeaban al sanatorio, pero siempre, entre los juegos y las diarias obligaciones, encontré un rato, una hora durante la siesta, a escondidas, o después de ella, para disfrutar con  los libros que sor Angustias, sonriente e inflada, también de satisfacción, cada día nos dejaba.

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Más momentos de lecturas y libros fascinantes en casa de Rochies

miércoles, 10 de octubre de 2012

Los jueves relato - Teléfono




La llamada


Miro el teléfono con decisión mientras trato de convencerme a mi mismo de que definitivamente de esta tarde no pasa que llame.

Han sido ya muchas las veces en las que henchido de un presunto arrojo me proponía llamar, pero siempre, en el último instante, cuando con el auricular en la mano me disponía a marcar el número, la vergüenza de no saber estar a la altura me bloqueaba y echándome para atrás de modo cobarde colgaba sin cumplir el objetivo propuesto.
Luego me sentía mal, yo no deseaba ser más aquel niño mojigato que no se atrevía a hablar a la chica de sus sueños, ahora ya era un hombre y no podía permitir que el exceso de pudor y la timidez echara al traste con el fuerte deseo que tenía de llamar, de escuchar su voz, de ser capaz de contarle mis deseos y mis sentimientos más profundos y sinceros. El delirio y la pasión me empujaban cada vez con más fuerza a realizar esa llamada y cumplir este deseado arrebato que me atormentaba.

Sin poder evitar el temblor en las manos, marco los números que tengo apuntados en la llamativa y arrugada tarjeta que llevo en la cartera desde hace tiempo. Hoy si, hoy cuando termino de marcar no cuelgo, aguanto el tipo y escucho como el timbre del teléfono comienza a sonar al otro lado del auricular.

Sobreponiéndome al enrojecimiento que me sube hasta hacerme arder la cara, tomo aire de una forma profunda cuando, desde el otro lado del teléfono, la voz más dulce que he escuchado en mi vida me habla casi como en un susurro directamente al oído:

¡¡¡Buenas tardes cariño, somos las conejitas mimosas!!! ¿Qué deseas hoy de nosotras?

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Más llamadas de teléfono en casa de María José Moreno

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Los jueves relato - Mirada al pasado




Recuerdos de color sepia


Las brumas del tiempo transcurrido me impiden recordar el día, incluso el mes, pero si que recuerdo perfectamente las sensaciones que pasaron por mi cabeza mientras sor Mercedes me llevaba de la mano hasta la enorme sala dormitorio que se iba a convertir en mi hogar durante los siguientes meses y por tiempo indefinido.
Corría el año 1969, el hombre pisaba por primera vez la luna, algo que yo entonces ignoraba pero que tampoco me importaba demasiado, mis pensamientos estaban en otro lado. Aquel verano yo había cumplido diez años y fue unas semanas después cuando, con la mirada triste y resignada de mi padre como testigo, mi madre, besuqueándome repetidamente la cara y envuelta en lágrimas, entregaba a la monja mi bolsa con algunas mudas, una pastilla de jabón, el peine, un frasco de colonia y algunos tebeos. Ese día ingresé en el Sanatorio de la Malvarrosa, allí estuve casi un año, un tiempo y un lugar que para bien y para mal marcó gran parte de mi vida.

Hoy se me hace difícil olvidar a aquel niño temeroso del eco sordo que dejaban los lentos pasos de sor Alfonsina, mientras paseaba vigilante entre la multitud de camas perfectamente alineadas a ambos lados de la enorme habitación y por la omnipresente sensación de desamparo que producía aquella solitaria oscuridad. Interminables y frías, noches llenas de gruñidos que se me antojaban monstruos gigantes y temibles y que no eran si no los ruidos producidos por las olas del mar al romper en la playa.
Tampoco es fácil olvidar el inconfundible olor a desinfectante y a éter que inundaba todo el sanatorio,  los gritos de dolor de los niños recién operados, la sala de rehabilitación donde pasábamos las mañanas entre aparatos, correas, andadores y enfermeras y la pequeña piscina metálica que sin duda era lo más divertido de todo. El agua de la playa, a pesar de estar a menos de 50 metros, ni la pisábamos.
Recuerdo cuanto echaba de menos los juegos con mis hermanos y a mis amigos, incluso el colegio y a don Matías, mi maestro, siempre malhumorado y de mano fácil, y a don Carlos, el afable cura de la iglesia de San Francisco de Asís donde yo era monaguillo. El júbilo llegó aquel día que vinieron todos a visitarme, en el 600 azul de don Carlos, la tarde libre, los juegos y el baño en la playa fue el reflejo de un día absolutamente inolvidable e irrepetible.

Era raro el día que me permitían ir a casa, todos los domingos por la tarde mis hermanos y mis padres las pasaban conmigo allí en el sanatorio o en la playa. Eran aquellas las tardes más esperadas y felices, eran mis momentos. Para un niño de diez años era difícil entender cuales eran los motivos por los cuales pasaban las semanas y los meses inamovibles y  porque cuando el alegre domingo llegaba a su fin todos se iban a casa y yo debía de quedarme allí, mordiéndome la pena y el desencanto.

Fruto de aquel tiempo hay recuerdos imborrables, sensaciones maravillosas y difíciles de olvidar. Aquel año tuve la fortuna de ser regalado con unos cuantos. Normalmente era mi padre, tras salir del trabajo, quien venía un día a la semana a traerme las mudas de ropa limpia de casa y llevarse la sucia, mi madre, la pobre, bastante tenía con atender a seis hijos más, la mayor con once años, siempre me traía algunas golosinas y chocolatinas ElGorriaga que guardaba para el resto de la semana o para compartir como el tesoro que eran. Una mañana, de manera sorpresiva vinieron los dos, mi madre y mi padre, tenía el día libre y pidieron pasarlo conmigo. Recuerdo que nos fuimos a comer a la orilla de la playa y allí pasamos toda la tarde los tres juntos. Comimos pollo al ajillo que mi madre trajo en una fiambrera de metal de aquellas antiguas con cierre, estaba frío, pero puedo jurar que aquel fue el pollo más sabroso que he comido en toda mi vida y ese día el mejor de los regalos.
También fue inolvidable el cumpleaños de don Álvaro López, el eminente cirujano especialista en hueso y director del sanatorio; durante un buen tiempo estuvimos memorizando y ensayando una obra teatral entre todos los chicos y chicas ingresados, a mí me tocó recitar una épica poesía en su honor a la que traté de darle mi mayor entonación dramática. Supongo que gustó porque nos aplaudieron mucho. O las continuas travesuras que Javi, mi mejor amigo y yo le hacíamos a la buena de sor María, como aquel día que jugando al fútbol en la terraza, golpeamos en la cabeza a la monja, ante su furia y la amenaza de quitarnos la pelota durante un tiempo, yo salté el muro pelota en mano hasta la arena, durante más de tres horas me negué a regresar, en ese momento me sentí un héroe, pero el pescozón no me lo quitó nadie cuando el hambre y el aburrimiento me hicieron regresar. Pero lo mejor de todo eran aquellos días de primavera y de comienzos de verano cuando todos los días un grupo de caballos trotaba a galope por la playa guiados por sus jinetes. Recuerdo que detrás de ellos íbamos un grupo de nosotros con nuestros cubos recogiendo las boñigas diseminadas por la orilla, eran el mejor abono para las innumerables plantas y macetas que adornaban todo el hospital. Eran momentos divertidos y placenteros, de verdadera sensación de libertad, incluso nos permitían mojarnos los pies en el agua.

Pero el día mágico de verdad, fue aquel del que conservo la única fotografía de ese tiempo. Eran las fallas de 1970, día de San José, nos visitó la Fallera Mayor de Valencia. Sacaron nuestras camas al sol de la terraza y allí nos acostaron a todos entre almidonadas sábanas limpias y pijama nuevo.  Recuerdo innumerables personas, fotógrafos y muchas falleras, también gente muy elegante y sin duda importante. Nos saludaron uno por uno a todos, a las niñas que también estaban en sus camas, pero en el otro lado de la terraza (como siempre) y luego a nosotros. Aquel festivo día comimos como nunca, paella, coca-colas y sobre todo pasteles. Aun se me hace la boca agua pensando en lo ricos que estaban aquel palo catalán y el xuxú.

Todos estos son una parte de mis recuerdos en sepia, de un año a veces triste y a veces alegre, pero sobre todo inolvidable, de un tiempo difícil y duro que me tocó vivir y sufrir a mi y a un puñado de niños inocentes unidos por idéntico infortunio y un mismo estigma, porque nosotros éramos los niños de la polio.
   
¡Ah!, al final no me operaron. Pero esa es otra historia. 

                                                                                 Sanatorio de la Malvarrosa. Mi amigo Javi y yo (a la izquierda)
                                                                             junto a sor Mercedes y la Fallera Mayor de Valencia, año 1970 

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Os quiero invitar a visitar  mi otro blog, "Ya que digo", en él he subido un video emitido en Informe Semanal, acompañado de una breve explicación sobre lo que supuso y supone el virus de la polio en multitud de niños de aproximadamente mi edad. No hay obligación de pasar, por supuesto, mi colaboración del jueves es ésta que habéis leido, aquella sólamente pretende informar sobre un tema que desgraciadamente se está volviendo a poner de actualidad. La entrada se llama "Los niños de la polio", os ayudará a entender algunas cosas que en este relato se cuentan. Muchas gracias

Más recuerdos entrañables en casa de Pepe "Desgranando momentos"  

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Los jueves relato - Teatro, máscaras y apariencias





Una sonrisa verdadera



Gustavo limpió su rostro para secar el sudor, se echó el cabello hacia atrás y lo tapó con su viejo gorro de ducha; con la desgastada esponja se embadurnó completamente la cara de polvo blanco y su rostro empezó a tomar un curioso aspecto entre frágil y melodramático. Luego se dispuso a  perfilar sus ojos con el delineador negro. Se dio cuenta que iba a ser una tarea difícil; unas inoportunas lagrimas amenazaban con arruinar la delicada labor de maquillaje. ¡Que tópico! – pensó haciendo una patética mueca. Un instante después se derrumbaba abrazado a su solitaria pena. Por unos breves segundos creyó que no podría seguir, sollozando se miró las manos, le temblaban tanto que casi era incapaz de controlarlas.

- No eres el único que sufre pero si el único que alegra – le espetó su propia imagen desde el espejo.

De una manera briosa, casi con violencia, cogió los polvos de talco y volvió a empolvarse la cara, dibujó su boca y coloreó sus mejillas. Cuando se colocó la peluca naranja en la cabeza y la bola roja en su nariz, una emoción distinta le recorrió la sangre y se sintió dispuesto para afrontar la última función. La máscara de payaso una vez más le servía para aislar su verdadero rostro. Gustavo había dejado de existir.

Gelsomín salió de su cuarto y lentamente caminó abriéndose paso por los pasillos. Se sentía nervioso, tanto como el día que decidió hacer feliz a su propio hijo vestido de clown. Siempre con la vista al frente, sin mirar hacia atrás, el payaso llegó a la puerta. Durante unos segundos se paró; luego, mirando al cielo cerró los ojos y tomó aire, lo hizo tan profundamente que la nariz de goma a punto estuvo de caerle al suelo.
Fue cuando de un salto entró en la habitación del ajado hospital infantil que los cinco  niños que allí había le miraron incrédulos y sorprendidos:

- ¡Bueeeeeenos díaaaaaas!, ¿quien de ustedes quiere una sonrisaaaaaaaaaa?

- ¡Yooooooo! - Gritaron al unísono.

Sus ojos en ese instante irradiaban tanta luz como la estrella más brillante del universo.