domingo, 21 de junio de 2015

Convocatoria literaria Los jueves relato para el 25 de Junio

Bienvenidos todos a esta convocatoria de los jueves relato, que en esta ocasión me tiene a mí como anfitrion después de tanto tiempo.
Ya tenía ganas de que llegase este momento. Así pues, cogiendo el testigo de Neogéminis, vamos allá:


¿Acaso se puede patentar el sol?
Hace apenas unas semanas, el 12 de abril de 2015, se conmemoró el 60 aniversario desde que la vacuna de la polio comenzó a distribuirse a nivel mundial. Jonas Salk, el primer investigador que la descubrió, renunció a cualquier tipo de patente con la frase que encabeza este escrito, rehusando así a cualquier beneficio de una vacuna que supuso un hito como nunca antes y que se suministró por millones en casi todo el planeta.
Os supongo a todos informados de que es la Poliomielitis y lo que, no hace tanto, significó y significa aún hoy , pero por si acaso ahí va la Wikipedia y este artículo y este otro.

"Cuando entramos en la enfermería ya me derrumbaba como un castillo de naipes simplemente con ponerme de pie, el aturdimiento y la somnolencia evidenciaban que algo se estaba gestando en mi interior".

En estos días tuve la oportunidad de visitar Málaga, entre otras cosas, para visitar una exposición, "Rostros de la Polio", que lleva celebrándose en el Patio de Banderas del Ayuntamiento de Málaga durante todo el mes de Junio. Y fue justo durante esta visita cuando me surgió la idea de lo que deseaba proponeros. Quiero invitaros a escribir este jueves sobre poliomielitis, sobre aquella parálisis infantil que un día dejó estos rostros de la polio.   
Evidentemente no pretendo crear un jueves triste, en un tema como este no hay necesidad de ponerse tremendista o excesivamente doliente, ni siquiera serio. Simplemente os pido que reflexionemos sobre la polio como nosotros los jueveros sabemos hacer, contando historias que nos motiven y nos inspiren, ya sean reales: de alguien que viva en nuestra calle, en nuestro barrio, en nuestro pueblo; o simplemente inventadas.
Para ello os planteo una idea, o un juego, como vosotros queráis: De aquella exposición he seleccionado unas cuantas fotografías y os pido que cada uno escoja una (o las que desee) y que cree una historia a partir de ella. Veréis que hay fotos de todo tipo, porque la polio hay que vivirla con la reivindicación de un olvido, pero también con la normalidad que supone tener que convivir cada día, aun con las dificultades que pone la sociedad y la propia vida.
Estas son las fotos que os propongo y este el título del jueves: "Rostros de la Polio"




 








Como siempre, nos regiremos por las normas que ya conocéis y que un día nos dejara Tésalo: publicar a partir del jueves, o como muy pronto el miércoles y hasta el viernes, dejar el enlace de la entrada a modo de comentario en este blog y procurar no excederse demasiado de las 350 palabras para agilizar la lectura de los relatos. 
Escoged la foto que queráis y contad una historia. Confío en que el tema os resulte interesante y atractivo. 
Os espero a todos.

Fotos de la colección Rostros de la Polio, autor Alfonso Díaz-Huertas. Asociación AMAPyP

jueves, 4 de junio de 2015

Los jueves relato - No es oro todo lo que reluce: Calles solitarias



Calles solitarias

Las calles vacías se desperezaban sobre mortecinas luces anaranjadas derramadas por las cuatro solitarias farolas de la plaza mayor; eran las seis y media cuando la mujer rompió el silencio al girar varias veces la llave que cerraba el enorme portón de la distinguida casona de recia planta y pétrea fachada. Como cada día, solo el eco respondía a su adiós. Lentamente caminó hasta la parada del autobús y esperó. Se echó una mirada a sí misma, se sentía bien a pesar de su edad. A diario le gustaba vestir con discreción trajes sobrios, aunque siempre elegantes, de Pedro del Hierro y Adolfo Domínguez, adornados con escasas joyas desde que un día le arrebataran de un tirón el collar de oro y perlas de agua dulce heredado de su madre. Asintió aprobándose, al tiempo que una ráfaga de viento helado la obligó a guarecerse el rostro dentro de las solapas del confortable abrigo de paño.
El autobús llegó como siempre tan vacío como puntual, y treinta y cinco minutos después llegaba a la ciudad; se bajó y durante casi diez minutos caminó hasta la escuela. Cruzó los pasillos con paso lento y firme, intercambiando saludos hasta llegar al vestuario. Con parsimonia, se quitó el gabán y el selecto vestido, colgándolos con esmero en la estrecha taquilla, y lo cambió por una bata azul. Luego, buscó en la caótica habitación de al lado el carro que llevaba su nombre escrito en una tira de papel pegada con celo e hizo recuento de productos. Confirmó que todo estaba en orden y en su sitio; finalmente se colocó los guantes de látex, preparó la escoba y, como cada mañana, comenzó su jornada limpiando la primera de las aulas.

viernes, 22 de mayo de 2015

Los jueves relato: ¿Cómo somos de solidarios los humanos?

Atendiendo a la llamada juevera de Carmen Andujar desde su sitio Mezclando Arte, me uno a su llamada para saber ¿cómo somos los humanos de solidarios? Quiero participar con esta historia que ya publiqué en mi libro de relatos "Despertar". La ilustración es exclusiva y de una astista genial, Carmen Artigas. Aquí más relatos solidarios.



VIDA
Estoy sentada en la sala de espera de un hospital que no conozco en una ciudad que nunca he visitado. Me  encuentro sola, en la que está siendo una noche larga, la noche más larga y dura de toda mí vida. Hasta hace sólo tres horas, la vida de la que disfrutaba era plácida y monótona, casi feliz. Ahora, esa vida aburrida y sencilla ha estallado en mil pedazos, así, como con un chasquido de dedos. 

Como envuelta en una neblina, siento que alguien ha entrado, se ha sentado a mi lado y me está hablando, pero yo soy incapaz de oír nada de lo que dice. Percibo su tono, pero éste es lejano y distorsionado. Tampoco me esfuerzo mucho. La miro, pero en realidad no la veo. A mi alrededor el mundo está borroso. Todo parece moverse con lentitud, no soy capaz de pensar y tampoco me siento con fuerzas para reaccionar.

Poco a poco, el dolor que huye de alivios va dejando paso a un suave adormecimiento que se va apoderando de mí y que me evade, lo releva y yo lo agradezco. La persona sentada a mi lado continúa hablando, pero ya no oigo. Ese extraño letargo me traslada a una fiesta, hace unos días. Es el cumpleaños de Raúl. La casa está llena de gente, son sus amigos. Hay risas  y mucha alegría. Yo me veo mirándolo, y siento que peco de orgullo, ¿Cómo no hacerlo?, pero no me siento culpable por ello, él está lleno de vida y lo demuestra a cada instante. Habla con todos, ríe por todo, le encanta estar rodeado de gente, sentirse querido. Es en esos momentos de máxima felicidad que se me acerca, exultante y vehemente. Me abraza, me gira en el aire y me besa en la mejilla mientras repite una y otra vez  esa frase que tanto le gusta decir:

  “La vida es tan maravillosa que  nada en ella debería desperdiciarse”.

Tras esas palabras y como movida por un resorte, de repente mi percepción de la realidad cambió, fui consciente de la persona que me hablaba. Era una enfermera. Me susurraba con calma y con amabilidad. Supongo que consciente  de lo difícil que eran aquellos momentos para mí. Me costaba entender claramente lo que decía, pero había una palabra que repetía constantemente. Era la palabra VIDA. Entonces empecé a comprender. Aquella enfermera me estaba pidiendo una decisión:

-        El tiempo es escaso – decía – y muchas otras personas necesitan su ayuda. La vida es un bien extremadamente preciado. Por su hijo, desgraciadamente, ya no se puede hacer nada, pero él aun puede hacer el bien más supremo, dar de si mismo para ayudar a otras personas. No hay mayor gesto de generosidad. Necesitamos que nos confirme si desea donar los órganos de su hijo.

La miré con sorpresa. ¿Cómo podía pedirme algo así en estos momentos? ¿No era consciente de mi dolor y de lo sola que me quedaba? Negué con firmeza, incluso tuve deseos de irme de allí, quería dejar de escuchar, seguir a solas con mi pena.
Pero ese pensamiento duró sólo un segundo, al instante volví a evocar a mi hijo levantándome en volandas y repitiéndome una y otra vez aquellas palabras. 

“La vida es tan maravillosa que  nada en ella debería desperdiciarse”.

Entonces comprendí su verdadero significado. No podía ser casualidad recordar precisamente esa frase en este momento. Él, generoso como era, sabía que siempre había un porqué.
Aun tenía los ojos inundados en lágrimas cuando, rota por el dolor pero orgullosa y embriagada por el inmenso amor que le tenía a mi hijo, respondí que si. Yo ya no lo tendría a mi lado, ya no lo podría tocar, ni besarlo, ni contarle mis problemas, esos a los que él siempre sabía darles la vuelta y transformar en sonrisas. Pero esa vitalidad y esas ganas de vivir las contagiaría a todas las personas que  recibieran esos trocitos de vida en los que se convertirían sus órganos transplantados. Ahora, por fin, lograba entender lo que él siempre tuvo claro, que la vida es demasiado valiosa para desperdiciarla.

viernes, 1 de mayo de 2015

Los jueves relato: "Tomándole el pulso a los Jueves"





Llegó a mí como socorro de un mal momento, que ya venía precedido de otro mucho peor, en el que la vida parece abrirse en dos tragándolo todo; de repente, como la cornisa que aparece salvadora, allí estaban los jueves. Me agarré a ellos con esperanza, en el fondo sentía que ese era uno de mis últimos trenes y, a pesar de alguna ligera espinita, pronto me sentí como el niño chico que por fin estrena sus relucientes botas de fútbol. Y es que no hay nada como la confianza de sentirse cómodo y acogido para comenzar a crecer.

Gracias a los jueves he escrito más que nunca, y sobre todo he aprendido más que nunca, he desarrollado una imaginación que nunca creí poseer, he viajado, he tenido encuentros entrañables con personas inolvidables y sobre todo me he sentido a gusto con gente que me mostraba familiaridad; en definitiva, me he sentido un juevero más.

Yo no sé si hay que hacer muchos cambios en la dinámica de los jueves, aunque sinceramente creo que están bien como están. Pienso que las cosas que funcionan cuanto menos se toquen mejor. Porque lo bueno que tiene este grupo es que nunca nadie se siente extraño ni desplazado. Uno puede estar durante meses sin participar, o como el Guadiana entrar y salir, pero siempre tiene la seguridad de que las puertas están completamente abiertas, sin cuestiones, sin preguntas, simplemente sumando un breve texto; al fin y al cabo cada uno tenemos nuestra propia vida al margen de los jueves y eso, este grupo siempre lo ha sabido respetar.
Personalmente tengo muchas gracias que dar.

Nota: Espero que me disculpéis si esta semana no puedo visitaros a todos.