jueves, 4 de junio de 2015

Los jueves relato - No es oro todo lo que reluce: Calles solitarias



Calles solitarias

Las calles vacías se desperezaban sobre mortecinas luces anaranjadas derramadas por las cuatro solitarias farolas de la plaza mayor; eran las seis y media cuando la mujer rompió el silencio al girar varias veces la llave que cerraba el enorme portón de la distinguida casona de recia planta y pétrea fachada. Como cada día, solo el eco respondía a su adiós. Lentamente caminó hasta la parada del autobús y esperó. Se echó una mirada a sí misma, se sentía bien a pesar de su edad. A diario le gustaba vestir con discreción trajes sobrios, aunque siempre elegantes, de Pedro del Hierro y Adolfo Domínguez, adornados con escasas joyas desde que un día le arrebataran de un tirón el collar de oro y perlas de agua dulce heredado de su madre. Asintió aprobándose, al tiempo que una ráfaga de viento helado la obligó a guarecerse el rostro dentro de las solapas del confortable abrigo de paño.
El autobús llegó como siempre tan vacío como puntual, y treinta y cinco minutos después llegaba a la ciudad; se bajó y durante casi diez minutos caminó hasta la escuela. Cruzó los pasillos con paso lento y firme, intercambiando saludos hasta llegar al vestuario. Con parsimonia, se quitó el gabán y el selecto vestido, colgándolos con esmero en la estrecha taquilla, y lo cambió por una bata azul. Luego, buscó en la caótica habitación de al lado el carro que llevaba su nombre escrito en una tira de papel pegada con celo e hizo recuento de productos. Confirmó que todo estaba en orden y en su sitio; finalmente se colocó los guantes de látex, preparó la escoba y, como cada mañana, comenzó su jornada limpiando la primera de las aulas.

viernes, 22 de mayo de 2015

Los jueves relato: ¿Cómo somos de solidarios los humanos?

Atendiendo a la llamada juevera de Carmen Andujar desde su sitio Mezclando Arte, me uno a su llamada para saber ¿cómo somos los humanos de solidarios? Quiero participar con esta historia que ya publiqué en mi libro de relatos "Despertar". La ilustración es exclusiva y de una astista genial, Carmen Artigas. Aquí más relatos solidarios.



VIDA
Estoy sentada en la sala de espera de un hospital que no conozco en una ciudad que nunca he visitado. Me  encuentro sola, en la que está siendo una noche larga, la noche más larga y dura de toda mí vida. Hasta hace sólo tres horas, la vida de la que disfrutaba era plácida y monótona, casi feliz. Ahora, esa vida aburrida y sencilla ha estallado en mil pedazos, así, como con un chasquido de dedos. 

Como envuelta en una neblina, siento que alguien ha entrado, se ha sentado a mi lado y me está hablando, pero yo soy incapaz de oír nada de lo que dice. Percibo su tono, pero éste es lejano y distorsionado. Tampoco me esfuerzo mucho. La miro, pero en realidad no la veo. A mi alrededor el mundo está borroso. Todo parece moverse con lentitud, no soy capaz de pensar y tampoco me siento con fuerzas para reaccionar.

Poco a poco, el dolor que huye de alivios va dejando paso a un suave adormecimiento que se va apoderando de mí y que me evade, lo releva y yo lo agradezco. La persona sentada a mi lado continúa hablando, pero ya no oigo. Ese extraño letargo me traslada a una fiesta, hace unos días. Es el cumpleaños de Raúl. La casa está llena de gente, son sus amigos. Hay risas  y mucha alegría. Yo me veo mirándolo, y siento que peco de orgullo, ¿Cómo no hacerlo?, pero no me siento culpable por ello, él está lleno de vida y lo demuestra a cada instante. Habla con todos, ríe por todo, le encanta estar rodeado de gente, sentirse querido. Es en esos momentos de máxima felicidad que se me acerca, exultante y vehemente. Me abraza, me gira en el aire y me besa en la mejilla mientras repite una y otra vez  esa frase que tanto le gusta decir:

  “La vida es tan maravillosa que  nada en ella debería desperdiciarse”.

Tras esas palabras y como movida por un resorte, de repente mi percepción de la realidad cambió, fui consciente de la persona que me hablaba. Era una enfermera. Me susurraba con calma y con amabilidad. Supongo que consciente  de lo difícil que eran aquellos momentos para mí. Me costaba entender claramente lo que decía, pero había una palabra que repetía constantemente. Era la palabra VIDA. Entonces empecé a comprender. Aquella enfermera me estaba pidiendo una decisión:

-        El tiempo es escaso – decía – y muchas otras personas necesitan su ayuda. La vida es un bien extremadamente preciado. Por su hijo, desgraciadamente, ya no se puede hacer nada, pero él aun puede hacer el bien más supremo, dar de si mismo para ayudar a otras personas. No hay mayor gesto de generosidad. Necesitamos que nos confirme si desea donar los órganos de su hijo.

La miré con sorpresa. ¿Cómo podía pedirme algo así en estos momentos? ¿No era consciente de mi dolor y de lo sola que me quedaba? Negué con firmeza, incluso tuve deseos de irme de allí, quería dejar de escuchar, seguir a solas con mi pena.
Pero ese pensamiento duró sólo un segundo, al instante volví a evocar a mi hijo levantándome en volandas y repitiéndome una y otra vez aquellas palabras. 

“La vida es tan maravillosa que  nada en ella debería desperdiciarse”.

Entonces comprendí su verdadero significado. No podía ser casualidad recordar precisamente esa frase en este momento. Él, generoso como era, sabía que siempre había un porqué.
Aun tenía los ojos inundados en lágrimas cuando, rota por el dolor pero orgullosa y embriagada por el inmenso amor que le tenía a mi hijo, respondí que si. Yo ya no lo tendría a mi lado, ya no lo podría tocar, ni besarlo, ni contarle mis problemas, esos a los que él siempre sabía darles la vuelta y transformar en sonrisas. Pero esa vitalidad y esas ganas de vivir las contagiaría a todas las personas que  recibieran esos trocitos de vida en los que se convertirían sus órganos transplantados. Ahora, por fin, lograba entender lo que él siempre tuvo claro, que la vida es demasiado valiosa para desperdiciarla.

viernes, 1 de mayo de 2015

Los jueves relato: "Tomándole el pulso a los Jueves"





Llegó a mí como socorro de un mal momento, que ya venía precedido de otro mucho peor, en el que la vida parece abrirse en dos tragándolo todo; de repente, como la cornisa que aparece salvadora, allí estaban los jueves. Me agarré a ellos con esperanza, en el fondo sentía que ese era uno de mis últimos trenes y, a pesar de alguna ligera espinita, pronto me sentí como el niño chico que por fin estrena sus relucientes botas de fútbol. Y es que no hay nada como la confianza de sentirse cómodo y acogido para comenzar a crecer.

Gracias a los jueves he escrito más que nunca, y sobre todo he aprendido más que nunca, he desarrollado una imaginación que nunca creí poseer, he viajado, he tenido encuentros entrañables con personas inolvidables y sobre todo me he sentido a gusto con gente que me mostraba familiaridad; en definitiva, me he sentido un juevero más.

Yo no sé si hay que hacer muchos cambios en la dinámica de los jueves, aunque sinceramente creo que están bien como están. Pienso que las cosas que funcionan cuanto menos se toquen mejor. Porque lo bueno que tiene este grupo es que nunca nadie se siente extraño ni desplazado. Uno puede estar durante meses sin participar, o como el Guadiana entrar y salir, pero siempre tiene la seguridad de que las puertas están completamente abiertas, sin cuestiones, sin preguntas, simplemente sumando un breve texto; al fin y al cabo cada uno tenemos nuestra propia vida al margen de los jueves y eso, este grupo siempre lo ha sabido respetar.
Personalmente tengo muchas gracias que dar.

Nota: Espero que me disculpéis si esta semana no puedo visitaros a todos.

jueves, 9 de abril de 2015

Los jueves relato: El jardín

Jardín de invierno


Sin que apenas te dieras cuenta el tiempo se tornó primavera, algo que tus arrugados huesos agradecen, nunca llevaste demasiado bien esos fríos invernales que escurren el ánimo y encogen el alma. Por instantes, te abres a la vida y retomas los viejos paseos, invitado por la soleada tarde convertida en un apacible espejo de luz, y sientes como la brisa del mar acaricia tu rostro ajado por surcos infinitos, devolviéndote etéreas y lejanas sensaciones de felicidad. Al rato, cuando ya cansado te sientas sobre el banco de piedra, abrigado a la sombra de la acacia, observas el jardín reverdecido de colores frescos y luminosos; saboreas la aromática sensualidad de los hinojos y la hierbabuena; admiras los exuberantes matorrales de helechos y madreselvas y te embriagas descubriendo el esplendoroso arco iris que forman cientos de seductoras flores resplandecientes: tulipanes, lirios y rosas, orquídeas, narcisos y violetas, incluso la humilde margarita se siente fascinante emergiendo por todos los rincones del parque, atrayendo libidinosamente mareas de animalillos a su cortejo de amor. Y te sientes bien. Es entonces cuando caes en la cuenta del niño que despreocupado corretea por el vergel, se para frente a ti y te mira, te sonríe y tú le saludas. Con mano temblorosa tocas su rostro al tiempo que escuchas gritar un nombre, notas nervio en la voz que llama al muchacho quien con rapidez se olvida de ti y prosigue su juego. Con ternura miras como se aleja mientras brumas de recuerdos te envuelven: otro niño corretea y salta despreocupado y feliz; eres tú que te sientes tocado por la plenitud de la inmortalidad, y de pronto comprendes que todo cuanto te rodea ya forma parte del ciclo de la vida.
Vuelves a contemplar el jardín; al fondo, el mar inunda tus sentidos con aromas de sal, lo aspiras profundamente, cierras los ojos y entiendes que ya no buscas, ahora solo esperas, quizás es por eso que te sientes complacido con la grandiosidad que brota a tu vista, la misma que envuelve el gozo de la primavera y que alimenta la dicha de saborear cada nuevo día regalado.


Podéis seguir paseando por más jardines como los de Aranjuez desde La Plaza del Diamante
 

miércoles, 8 de abril de 2015

Contando 53 semanas - Semana 15 de 53

Vuelvo a las semanas de Sindel, en esta ocasión no nos propone una palabra, si no un dibujo precioso de otra buena amiga: Gabriela Tugores, "Gaby". Este es el dibujo y mi pequeño relato:



Barquito de papel

Aquel barco valiente cruzó mares y océanos entre vientos de escarcha, tormentas de acuarela y huracanes de gaseosa. Era un cascarón sin miedo gobernado por marinos de espuma que batallaban con piratas que enterraban tesoros de chocolate, pinchaban nubes cuando tocaba ducharse y alzaban cometas mágicas con las que hacerle cosquillas al sol. ¡Qué viejo lobo de mar! días plagados de mil aventuras daban paso a noches de fantasía, jugando al escondite con la osa mayor y soñando con alcanzar la luna lunera y navegar por su mar de la tranquilidad. 
Aquel navío valiente que presumía de haber cruzado siete mares fabulosos se sentía bravío y poderoso, nunca quiso entender que solo era un barquito de papel.