viernes, 20 de marzo de 2015

Los jueves relato: A través de la ventana



Reconozco que veía difícil participar en el jueves de esta semana, pero ayer cuando vi esta falla, que como todas las fallas de este año ya no existe, y luego repasé las fotos, lo tuve claro. Es este un relato básicamente visual...


Ventanas
Un día, la abuela Sonia trató de mirar a través de la ventana, 
  pero el mundo ya se había cerrado a sus ojos.









Fue entonces cuando escuché que “Dios nos dio los recuerdos para que pudiéramos cultivar flores en el invierno de nuestras vidas”. Pero ahora, a la abuela Sonia ya solo le quedaba invierno.







   "Yo sé que existo porque tú me imaginas". Angel González






-Loli, ¿Quieres ser mi novia?
-¿Qué?
-Ya me has oído ¿Que si quieres ser mi novia?
-Bueno vale, si quieres nos hacemos novios. Solo si me traes una nube.  

Modesto y Dolores (ARRUGAS)







                       "El Alzheimer borra el recuerdo, no los sentimientos". Pasqual Maragall
 



Un día, la abuela Sonia atravesó una de esas ventanas que no tienen retorno y se marchó sin abrir los ojos y sin saber siquiera quién es, ni quien fue. Pero su vida, sus huellas, su caminar por este loco mundo sí permanecerá para siempre en el recuerdo de todos cuantos la conocimos.

Falla: "Memorandus" de la comisión Bailén-Xativa


Las ventanas que me regaló Gaby

viernes, 13 de marzo de 2015

Los jueves relato: Miradas

Esta semana, Nieves nos invita a cruzar miradas que inviten a contar una historia. Yo he tardado un poco en sumarme porque el micro con el que quería participar estaba pendiente de ser publicado en un libro sobre microrelatos falleros. Eso ya ha ocurrido. Porque sí, en Valencia estamos en fallas y, aunque no soy precisamente un gran amante de estas ruidosas fiestas, a los efímeros y extraordinarios monumentos si que les tengo un gran aprecio y respeto.  A ellos va dedicado este micro:



Embrujo fallero

Las calles de Valencia resplandecen, la música cabriolea los sentidos y las mascletás ensordecen el alma de alegría fallera; mientras, el embrujo y el misterio rodean el silencioso instante en el que Batiste, un hortelano regordete, socarrón y deslenguado declara su amor a Neleta, una pizpireta señorita de finales del XIX de blanco rostro y sombrilla al hombro. Miradas quietas, barreras de cartón en ojos embelesados.
Aquella noche de San José, en una solitaria falla de barrio, un encantamiento tuvo lugar y briznas de ceniza se fundieron elevándose hacia un mágico lugar, el paraíso donde pasean los ninots enamorados.

Gracias por el regalo de la cita, Nieves.

  

miércoles, 4 de marzo de 2015

Los jueves relato: Título sorpresa

Nuestra amiga Dorotea nos ha invitado a escribir el relato de los jueves a partir de un título inventado y proporcionado por ella, cada uno un título distinto. A mi me ha tocado "La boda de la cigüeña", y este ha sido el resultado. El relato se pasa un poco de extensión, pero creo que la historia lo necesitaba. 

La boda de la Cigüeña


   Soledad ya nació grande, y aquel parto se convirtió en una guerra incruenta en la que su madre salió perdiendo. Cinco meses después, su padre, harto de llantos en acusadoras noches veladas por el recuerdo, envolvió a la niña en una manta, la dejó en el portal de su abuela y se marchó para siempre.
   El paso del tiempo fue confirmando que Soledad crecía y crecía de una manera que parecía que iba a salirse del mundo. A los dos años le sacaba palmo y medio a cualquier otro niño de su edad; con cuatro alcanzaba a su abuela los tarros más altos de la alacena y a los ocho tuvieron que fabricarle un pupitre donde sus largas piernas encajaran. Fue por entonces, apartada en el último rincón del aula, cuando murió Soledad y nació “Cigüeña”.
   Al cumplir catorce años, Cigüeña medía uno con noventa y cinco y era delgada como una cerilla. Dos alambres interminables fluctuaban sobre la base de un cuarenta y ocho, sujetando un cuerpo desgarbado que amenazaba con desarmarse a cada paso que daba; un matojo rizado del color del maíz a punto de cosechar cubría su cabeza y sobre una nariz grande y ganchuda descansaban las enormes y gruesas gafas redondas de carey jaspeado que convertían sus ojos en diminutos corchetes marrones. Sin formas de mujer, Cigüeña era estrafalaria, apocada y fea, un bicho raro que apenas hablaba, ni siquiera para protestar por las continuas burlas que su ridículo aspecto provocaba. Reírse de ella era lo habitual y con el paso de los años fue aprendiendo a correr escondiendo la cabeza para escapar de las piedras que los niños le lanzaban al verla, también de las bromas, la mayoría crueles y perversas, que los mayores del pueblo la infligían desde que tenía uso de razón. Para ellos, Cigüeña no era más que una retrasada alta como un campanario a la que era divertido someter a todo tipo de escarnio por pura diversión. Las lágrimas de la noche jamás la consolaron del dolor.
   Así había sido desde siempre y así continuó hasta que cumplidos los diecinueve años su abuela se murió ahogada en tristeza entre sus brazos. Esa misma noche, tras enterrarla y a hurtadillas de la oscuridad, Cigüeña, con sus rebasados dos metros y cinco centímetros, se marchó de allí.

   Lejanamente llegaron noticias de que alguien la había puesto a jugar al baloncesto; luego contaron que había marchado a hacer las Américas y ya no se volvió a saber de ella hasta que un día, diez años después, regresó. 
  
   En realidad, quién llegó como una reina a bordo de una gran limusina blanca, ya no era aquel espantajo de muchacha insegura, larga y desgreñada, sino que quién bajó de aquel enorme vehículo era una mujer alta y espléndida, de porte delicado, cabellos de oro y unos ojos limpios que parecían haber absorbido la profundidad del mar. La acompañaba un hombre negro tan gigantón como ella, muy robusto y atractivo, con una permanente sonrisa blanca que regalaba saludos. Lo presentó como su novio, y anunció que regresaba porque al día siguiente se iba a celebrar por todo lo alto la boda de La Cigüeña.
   Sin excepción todo el pueblo acudió invitado al mayor banquete que jamás se había visto en la comarca; comieron y bebieron hasta hartarse, y a ninguno pareció extrañar que por parte del novio nadie acudiera. Al terminar la comida, y ante la sorpresa de todos, un camión cuba inundó la plaza de agua, que mezclada con la arena que alguien había echado durante la noche, la convirtió en un auténtico barrizal. Después, Cigüeña mostró un gran mazo de billetes de quinientos euros y los lanzó al aire. Todos cuantos allí habían, hombres y mujeres, niños y ancianos, se lanzaron codiciosos hacia el dinero, y pronto los gritos, insultos y peleas por recoger alguno de aquellos deseados billetes llenaron la plaza ante la mirada burlona de Cigüeña que no perdía detalle. El lugar ya era una maraña de gente sucia y ensangrentada cuando sonó un disparo que hizo que todos parasen asustados. Cigüeña blandía otro fajo de billetes en el aire, y su voz resonó por todos los rincones.
—¡Regalo diez mil euros a todo aquel que desee arrepentirse de los insultos y humillaciones a los que nos sometisteis a mí y a mi abuela!¡Quiero escuchar el perdón pronunciando mi nombre!
   Las dudas iniciales se diluyeron cuando el propio alcalde se sacudió como pudo el barro y decidió subir la escalera que llegaba al sillón donde esperaba Cigüeña, flexionó una rodilla en tierra y balbuceando el nombre de Soledad, se disculpó agarrando los billetes; después lo hizo el cura, al que todavía le sangraba una ceja, el cabo de la guardia civil, sin tricornio perdido entre el barro, y luego uno tras otro fueron desfilando los 435 embarrados habitantes de aquel municipio que de repente se vio millonario.
   Cuando el último vecino se alejó, feliz con su fortuna, Soledad volvió a subirse a la limusina blanca acompañada de su fornido marido y se fue sin mirar atrás. En el pueblo, todavía tardarían un par de días en averiguar que todos y cada uno de aquellos miles de euros que les habían regalado gracias a un nombre y una disculpa, no eran más que una burda imitación.